Descanso

La siesta

La paella, el pan con aceite y la tortilla de patatas. La Casera, el Mercadona y el Zara. Las cañas, las tapas y el tinto de verano. El Corte Inglés, los toros y el hablar de fútbol. Almorzar churros —para referirse al desayuno— comer a las tres y cenar tarde. Un jamonero en la cocina, una muñeca flamenca encima del televisor y las camisetas grabadas con el ‘alguien que estuvo en Granada se acordó de ti’. Los olés, los ‘a por ellos oé’ y de un tiempo a esta parte la palabra resiliencia. Gastronomía, estilo de vida o tips que se identifican, a grandes rasgos, con la España de todos los tiempos.

Pero si hay algo que es muy marca España, que nos identifica a todos los españoles y que ha sido tan criticado como bendecido por el resto del mundo ha sido la siesta: la siesta española. Que mucho runrún los extranjeros con nuestro ‘clis’ de después del café pero bien que se lo llevan y lo practican a escondidas. Qué invento la siesta. Da hasta para libro: ‘El don de la siesta’ del escritor murciano Miguel Ángel Hernández. Veinte minutos que bien echados parecen veinte horas. Cada pueblo debería tener en su plaza mayor un monumento a la siesta o, al menos, una rotonda en la entrada: «Bienvenidos a La Siesta en San Pedro del Pinatar».

La siesta es un arte. Los aficionados dan cabezadas en el sofá pero los profesionales no se la juegan: cama, pijama y botella de agua. Saben que los votos están ahí. Saben que si parten el día con una siesta de cama y pijama se puede vivir ese mismo día dos veces. O vivir el doble. Profesionales de la vida.